Escritos sobre Cine

miércoles, 12 de diciembre de 2007

La ciencia del sueño

Crítica de La ciencia del sueño


Visitas a la realidad


“La circunstancia real es que vivo continuamente en mi infancia, deambulo por oscuros pasillos (...) Me desplazo en cuestión de segundos. En realidad vivo continuamente en mi sueño y hago visitas a la realidad”. Así se confesaba el cineasta Ingmar Bergman en Imágenes (1990), colección de textos donde analizaba algunas de las claves de su creación artística. Estas palabras de uno de los autores que con más facilidad se ha movido entre lo onírico y realidad podrían muy bien definir a Stéphane, protagonista de “La ciencia del sueño”, un joven creativo que parece no poder evitar que sus sueños se inmiscuyan continuamente en su vida real, y que transita indistintamente entre ambos planos.Bajo los rasgos de este tímido e inmaduro diseñador gráfico se intuye al propio realizador Michel Gondry, responsable en esta ocasión también del guión, tras desligarse del prestigioso escritor Charlie Kaufman, con quien colaboró en sus anteriores largometrajes “Human nature” y “¡Olvídate de mí!”. Vuelve con un proyecto que se intuye marcadamente personal a París, y lo hace para rodar en el mismo apartamento donde vivió hace unos 15 años. La nostalgia de regresar a un lugar de juventud y sus conexiones con el pasado se dejan entrever en esta comedia romántica con tintes mágicos, una historia que conduce a un Stéphane recien mudado a enamorarse de su nueva vecina, Stéphanie, a la que trata desesperadamente de conquistar, y en quien cree haber encontrado un reflejo de su compleja personalidad.


En la línea del ejercicio de autoría que supone esta cinta, Gondry no duda en inspirarse en sus propios trabajos gráficos para dar forma al mundo de los sueños de Stéphane, incorporando buena parte de los hallazgos visuales de los videoclips y pequeñas piezas de arte que realizó durante la pasada década -Radiohead, Beck y en especial para la islandesa Björk-, incipientes medios de expresión de finales del siglo XX del que fue un rotundo innovador. Vuelca su desbordante imaginación en este espacio onírico para crear un colorista collage de factura cercana a lo artesanal, desplegando una serie de sugerentes imágenes de estética naïf que ilustran todo aquello que genera la inquieta mente de stéphane, desde pensamientos deshilvanados cargados de un humor absurdo, a paisajes inexistentes o surrealistas situaciones cargadas de un hermoso romanticismo.

Más allá de esta deslumbrante factura visual, logra algo incluso más difícil: aprehender y dar entidad a esos escasos instantes en los que confluyen sueño y realidad, momentos suspendidos en una creciente o decreciente inconsciencia, al filo de los que transita Stéphane. Idea unos graciosos mecanismos de conexión entre ambos estados, consiguiendo la increíble sensación de fundirlos en un mismo plano, donde éste actúa y habla movido por las injerencias de su subconsciente. Si algo se le puede objetar al film es que el tratamiento de los tramos oníricos es tan destacado que genera un pequeño desequilibrio con la parte real, que acaba resultando fraccionada y, en algunos momentos, desconcertante. Aun aceptando la distorsión de la percepción del protagonista y sus extrañas reacciones, se echa en falta un mayor desarrollo en su relación con cuanto le rodea.



Y es que queda claro como a Gondry le interesa mucho más analizar el mundo irreal entendido como el refugio interior del artista. Esta sensación parece serle cercana, la inadaptación del creador que frente a una existencia anodina, la rutina del trabajo o el desamor, opta por la evasión. Stéphane podría ser entendido como el espejo del propio director: un visionario, inventor de absurdas máquinas del tiempo, que se ve abocado a la incomprensión por no lograr transmitir lo que aglutina en su cerebro, y la dificultad de encontrar un espíritu afín como su vecina Stéphanie para compartirlo. En este sentido, nada más revelador que la huída para acabar encontrando lo que de veras desea dentro del sueño.

El film reúne a dos intérpretes que desprenden un especial atractivo para una historia de amor poco convencional, que también discurre por ambos planos, entre lo real y lo irreal. La química que surge entre Gael García Bernal y Charlotte Gainsbourg, Stéphane y Stéphanie, en principio tan distintos, mueve los hilos de la comedia romántica, una sucesión de encuentros y desencuentros en la que los desajustes emocionales producen una extraña desazón. Comparten momentos intensos e ingeniosos diálogos, subrayados por una estupenda selección de temas musicales que ilustran sus sentimientos, y se percibe como ambos secundan los juegos del autor para implicarse en las secuencias que ilustran su fabulación poética.


 

En otra de sus citas, Bergman define el Cine como el arte que atraviesa nuestra conciencia diurna para tocar nuestros sentimientos “al fondo de la cámara crepuscular de nuestra alma. Una pequeña miseria de nuestro nervio óptico, un choque, 24 imágenes luminosas por segundo”. Si el Cine no es más que una ilusión, no es extraño que los directores recurran una y otra vez a este medio como el ideal para plasmar otra irrealidad, la de los sueños. Gondry se añade a esta larga lista y encuentra el vehículo para plasmar los suyos con esta radiante propuesta que, si se acepta sin intentar encontrarle toda la lógica, permite disfrutar de una sencilla historia rebosante de ideas divertidas e increíbles imágenes producto de su inagotable capacidad creativa.

Miguel Laviña Guallart guallart9@yahoo.es